Redacción
CDMX, 28 julio 2025.- En el Congreso local se estudia una propuesta para nombrar salones del Congreso capitalino con los nombres de Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara, tema que hasta hace algunos días apareció en la conferencia mañanera de la presidenta de México, donde exigió a Rojo de la Vega regresar el monumento retirado del jardín Tabacalera.
La iniciativa impulsada por el diputado Ernesto Villarreal y respaldada por Xóchitl Bravo, la iniciativa nace como respuesta directa al retiro de sus estatuas en la alcaldía Cuauhtémoc. Pero más allá de la disputa entre Morena y la oposición, la discusión toca fibras más profundas sobre el tipo de memoria que queremos construir como sociedad.
Para los legisladores impulsores, ignorar el papel que jugó la Ciudad de México en el nacimiento del movimiento revolucionario cubano es borrar un capítulo relevante del siglo XX. Plantean que el homenaje no busca glorificar ideologías, sino reconocer hechos históricos que ocurrieron en la capital y tuvieron repercusión global.
No obstante, voces de historiadores y expertos en derechos humanos han manifestado preocupación. Mientras algunos académicos consideran legítimo recordar el paso de ambos personajes por México, también advierten sobre el riesgo de institucionalizar homenajes sin un proceso crítico ni consulta ciudadana. “La memoria pública debe ser democrática, no unilateral ni partidista”, señala la doctora Silvia González, investigadora del Instituto Mora.
La iniciativa revela una tensión persistente en México: la disputa por el relato histórico oficial. Mientras unos buscan pluralidad y revisión crítica del pasado, otros impulsan versiones que, aunque fundadas en hechos reales, omiten sus aspectos más controvertidos.
Lo cierto es que el Congreso de CDMX no puede ignorar la dimensión política de su decisión. Convertir a Fidel y al Che en nombres institucionales no es solo un acto simbólico: es una declaración de principios sobre qué pasado vale la pena ser recordado, y cuál debe ser cuestionado.






