‘Balón Cuadrado’
Por Stephen Crane
CDMX, 27 noviembre 2025.- Dista de cumplir con la acerada, sacra, inconmensurable, misión del periodismo, en general, y el deportivo, en particular: entretener, informar y educar. Más cuando en redes sociales las palabras “no mamen”, “pinches”, “huevos”, “emputa”, “mierda”, “cabrón”, “güey”, estallan furiosos, estruendos verbales, relámpagos sin luz, en los labios de un conocido cronista contra los jugadores de la selección mexicana de futbol -que comanda Javier Aguirre, por tercera ocasión-.
Cada vez más se han ido erosionando, como castillo de arena, esos tres pilares del oficio de comunicar -incluido el deportivo-.
Son graníticos soportes en una sociedad plural. Aunque la nuestra cada vez está más quebrantada desde que el partido Morena llegó al poder el diciembre de 2018. Somos el país más peligroso, en el mundo, que no está en guerra, para ejercer la libertad de expresión.
Sea en la prensa convencional o en internet, en una democracia, su propósito principal es -o debería ser- brindar a la ciudadanía un mar de información objetiva, veraz y análisis para que pueda formar opiniones críticas y tomar decisiones libres.
Y para que no se convierta en un barco a la deriva en un turbulento océano de manipulación. Sólo así llegará a buen puerto: la razón desde la reflexión.
Desde 1994, con el nacimiento de Internet, los medios periodísticos tradicionales utilizan diversos formatos para cumplir estos roles y se enfrentan a desafíos constantes para mantener la independencia y la calidad de sus contenidos.
Mas el lenguaje castroso de Martinoli es reflejo qué somos como pueblo: menos del 4% tiene el hábito de la lectura y, pese al discurso gubernamental su nivel a duras penas supera la secundaria.
Y, en consecuencia, más fácil de manipular.
Argentino naturalizado mexicano, con los insultos vertidos deja muy mal parada a la universidad donde estudió comunicación: el Tecnológico de Monterrey, campus Toluca. Está casado y tiene dos hijas.
Sería lamentablemente descorazonador que así se expresara con ellas.
Nunca se ha podido quitar la pátina de soberbia, prepotencia, fatuo, falaz, que caracteriza a muchos argentinos, y que transmite a través de la “caja idiota”, llamada así por sociólogos, en la década del 70.
Cuando recurre a la estridencia verbal, gritos incluidos, es porque carece de vocabulario para ‘atrapar’ al televidente.
Pero que a la gente solaza y por eso se ha convertido en el fenómeno mediático que es: un bufón de la crónica. Y que lo ha convertido en el que mayor rating tiene de las televisoras, que comenzó a cronicar, en 2002.
Los comunicadores televisivos en general, por lo que me ha tocado ver a lo largo de 45 años de oficio reporteril, tienen el ego muy grande y pírrica la autoestima.
Por eso, salvo excepciones, están ávidos de protagonismo y reflectores.
Ansían ser, como se dice coloquialmente, el ajonjolí de todos los moles.
Hablo con los pelos de la burra en la mano:
Formé parte del equipo de deportes de TV-Azteca, durante un lustro, 1996-2001. Vendí mi mano de obra, no mi conciencia, apoyando a Faitelson en la jefatura de la redacción y coadyuvando a la formación profesional de una docena de jóvenes. Antonio Verónico Rosique, entre ellos.
Nunca me interesó aparecer en la pantallita. Me parecía que se hacía un periodismo poco serio, irrelevante, intrascendente, comparado con el rigor periodístico del que abrevé en el semanario Proceso, con extraordinarios reporteros, Julio Scherer García a la cabeza.
José Ramón Fernández tampoco me lo ofreció. Prejuiciado por mi persona -vestido por lo general con ropa de mezclilla, botas vaqueras y cola de caballo- solía llamarme «zapatista», cuando siempre he abominado al Subcomante Marcos.
Está libre de esos grilletes mediáticos de intereses empresariales de autocensura, el periodismo independiente que me jacto de ejercer, desde mi paso por esa revista -1978-1982-, lamentablemente en proceso de extinción. De ser semanario, ahora es mensuario.
Faitelson y Martinoli, como se sabe, se asumen como hijos putativos de Joserra.
Hace unos meses, fue amargo el intercambio de insultos y descalificaciones entre David y Fernández.
Faitelson quejándose de él por las agresiones físicas y verbales, cuando era su superior en TV- Azteca, incluso señalando su adicción a las drogas, todo indica que por cocaína.
Y el chaparrito, tildándolo de «sicario» del periodismo -sin mencionarlo- al servicio de Emilio Azcárraga Jean, dueño de la poderosa Televisa, verdadera conciencia nacional, hace siete décadas.
David y Martinoli son dos monstruos de Frankenstein.
Recuerdo una lapidaria frase de la colega Alejandra Benítez, reportera de deporte del diario Reforma, hace más de 30 años, para definir a José Ramón:
«Cuánta maldad cabe en ese cuerpecito».
Al margen de que no comulgo con la ética y concepto periodístico de ambos, me pellizcó la piel del corazón que hicieran pública su miseria humana. Porque a los dos traté, durante un lustro, como compañeros de trabajo. Más a David, mi jefe inmediato.
Que si bien es un reconocido periodista nunca, que se sepa, Fernández fue reportero -la esencia de este oficio-. No es lo mismo estar siempre atrás del micrófono que salir a morder polvo a la calle.
O como decía Jacobo Zabludovsky, acertadamente:
“Ensuciarse los zapatos”.
Alguien así, difícilmente puede ser considerado el ‘gurú’, ‘tlatoani’ del periodismo deportivo nacional. Resulta una impostura si lo colocamos debajo de la lupa del rigor profesional del oficio de informar.
Incluso hay una escuela que lleva su nombre. Pobres alumnos. Es una especie de deidad oscura, brillante tizne, de quienes le rinden pleitesía.
Así como José Ramón Fernández y David Faitelson, en su momento, ahora Martinoli, tienen la obligación -“esclavos”, así suele referirse a sus ex trabajadores Salinas Pliego, como por ejemplo a Sabina Berman- de recurrir a la autocensura para no decir que su patrón, desde la década de los 90, practica el bonito deporte de la multipropiedad que prohíbe la FIFA.
Consciente o inconscientemente son una extensión de la mafia del futbol mexicano.
Incluso, el empresario, dueño también de Grupo Elektra, ante la exigencia del SAT de que cubra los impuestos que ha impagado hace 15 años, tendrá que cubrir 33 mil millones de pesos, según versiones periodísticas.
Por ello, se cortará el cordón umbilical de la Liga Mx. Y pondrá en venta de garage sus dos equipos: Mazatlán y Puebla.
Ahora, incluso, aspira a la presidencia de la República en 2030.
Pobre país.
Al cierre de la gris, infausta y descorazonadora preparación de la Selección Mexicana, en los estertores del 2025, para la Copa Mundial 2026, no sólo generó críticas hacia los jugadores por su desempeño.
También aceitó un ácido debate entre los analistas deportivos y periodistas, incluso de análisis político, por el escarnio, con palabras malsonantes, para referirse al panorama poco halagüeño para alcanzar el pesadillesco quinto juego mundialista.
Algo que, por cierto, históricamente, es predecible: será, de nuevo, inalcanzable. Y podría convertirse en la participación más infausta en la historia de copas del mundo.
Porque el Tri genera más dudas que certezas, como pocas veces, desde 1986.
Salvo que los dueños del balón hagan algo similar a lo que ocurrió con el título de Miss Universo de la mexicana Fátima Bosch.
Es el caso del polémico Christian Martinoli, quien se lanzó contra los futbolistas y usó un lenguaje altisonante, soez, con las palabras mencionadas al comienzo de esta columna, para arremeter contra el llamado Tri -que por cierto, vale aclarar, no representa a un país, sino los intereses de los dueños de los 18 clubes del futbol nacional, a la sombra de la nuestra bandera y el himno nacionales-.
El cronista lanzó aquellos epítetos en el programa en Youtube, «Farsantes con Gloria», que conduce el ex futbolista Luis García Postigo.
Es común que se escupan groserías en el ciberespacio. No extraña. Pero los comunicadores, que son colocados en el vacío pedestal de la idolatría, no tienen consciencia que los miran niños y adolescentes para quienes son un referente, ejemplo a seguir.
Ídolos, incluso.
Pero que cuyo discurso insultante alarma por partida doble, por la rabiosa violencia que prima en México, donde han sido asesinadas más de 200 mil personas por la delincuencia organizada y desorganizada en los últimos siete años.
Es, además, un ejemplo de anti-periodismo: la noticia es él. Importa más que él lo diga. No lo que dice. Algo similar sucede con David Faitelson. En sus bocas, la información, la noticia, es irrelevante.
Cuando la noticia es un periodista, también, deja de hacer periodismo.
Porque la villanía de la Selección Nacional, volviendo a la descalificación, a rajatabla de los futbolistas, ante los crónicos e irremediables fracasos -son eternos campeones de la derrota- no la encarnan jugadores ni técnicos.
Los narradores en particular de las televisoras saben quién es el verdadero belitre – ruin y de viles costumbres- que tiene postrado al balompié nacional hace siete décadas: los zares del balón, encabezados por Emilio Azçárraga Jean.
Ellos, y sólo ellos, son los verdaderos Ratones Verdes.
Jugadores y técnicos convertidos en los ternos chivos expiatorios que son colocados en el cadalso de la opinión pública desde la pantallita, donde se señalando, con el dedo flamígero de la manipulación, culpas ajenas.
Si bien llaman la atención sus improperios, resultan irrelevantes, si elevamos un poco la mirada y no nos quedamos en la fosa séptica de la zafiedad.
Más que hacer periodismo deportivo, las palabras del cronista suenan a futbolista frustrado, resentido, que pretendió jugar profesionalmente con Toluca, equipo de sus amores.
Según él perdió en encanto por el balón porque se sentía castrado emocionalmente.
Ya no se divertía.
León Krauze -Hijo de Enrique, destacado historiador mexicano- periodista y columnista en el diario El Universal y colaborador del noticiero matutino de MVS, que conduce Luis Cárdenas, lamentó y criticó el lenguaje ordinario que usó el narrador deportivo, que menospreció y demeritó la calidad analítica, que expresó el cronista en el mencionado podcast de Luis García, para referirse a los deportistas.
A través de redes sociales, Krauze dedicó un mensaje al cronista y sentenció que debe haber un grado de responsabilidad de quienes están en los micrófonos, así que cuestionó el vocabulario “vulgar” del cronista.
«Se puso bueno el debate… sobre Martinoli, así que decidí detallar mi reflexión en mi podcast. ¿Los que estamos frente a un micrófono tenemos alguna responsabilidad con la calidad del debate público? Yo creo que sí“, escribió en su cuenta de X, antes Twiter.
Incluso, el pasado 24 de noviembre, el periodista dedicó su columna en El Universal al analista deportivo y tachó su “vulgaridad” para hablar del desempeño del equipo del Vasco.
Sostuvo que el narrador deportivo debe cuidar su lenguaje, por lo que lamentó la manera en la que se expresó de los jugadores del equipo nacional. Reflexionó que las palabras de “un líder de opinión” deben dirigirse con responsabilidad, sin importar el espacio en el que se digan, como puede ser un podcast.
Por lo general, los cronistas de futbol y sus programas de análisis, ni informan ni educan.
Es entretenimiento que raya en comedia bufa.
Como reza el refrán de Balón Cuadrado:
En tierra de ciegos el cronista es rey.






